27/03/2017 | CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
Entre el terror y la fiesta
La última dictadura militar dejó una herida imborrable en la sociedad. Una investigadora del CONICET analiza las herramientas elaboradas por un grupo
Arte-años-80
Fotos: gentileza archivo María José Gabin, Fotografía y archivo Ángel Castro, Fotografía y archivo Alejandra Tomei, Archivo Rafael Bueno, Fotografía y

¿Cómo escapar de la tristeza profunda, cómo combatir la sensación de pérdida, cómo encontrar un refugio que permita respirar aire fresco ante una tremenda sensación de asfixia social o, parafraseando al icónico grupo musical Virus, cómo salir del agujero interior? “En los ’80 se realizaron una serie de acciones contraculturales que apostaron a desarrollar encuentros festivos y lugares de trabajo conjunto. Fueron espacios que se ubicaron por fuera de los circuitos oficiales del campo del arte, que funcionaron como islas de bienestar en las que participaron músicos, artistas, poetas y actores. De un modo muy vital e inédito, esos artistas desplegaron una estética relacional que apuntó a recuperar la sociabilidad y la confianza en años donde los vínculos entre los ciudadanos estaban realmente muy fragmentados y la sociedad muy atomizada”, explica la investigadora asistente del CONICET del Instituto Gino Germani, Daniela Lucena.

La científica es una de las autoras del libro ‘Modo Mata Moda’, en el que artistas que se destacaron durante la década del ‘80 en la ciudad de Buenos Aires, como Daniel Melero, Katja Alemann y Carlos ‘Indio’ Solari, entre otros, dan testimonio de sus experiencias como parte de una generación que impulsó un movimiento cultural muy novedoso y revulsivo durante e inmediatamente después del gobierno de facto iniciado en 1976.

“Muchos espacios y grupos surgieron durante los últimos años de la dictadura, como por ejemplo el Café Nexor y el taller La Zona del artista plástico Rafael Bueno, el bar Einstein de Omar Chabán y Katja Alemann o bandas como Los Redonditos de Ricota o Virus, por nombrar algunas de las más conocidas. Luego del ‘83, durante la llamada primavera democrática, se multiplicaron este tipo iniciativas contraculturales que pueden ser leídas como una suerte de resistencia, en contrapunto con los efectos del terror dictatorial sobre los cuerpos y los vínculos sociales”, afirma Lucena.

Una de las respuestas que la científica destacó durante las entrevistas que realizó para la publicación del libro fue la frase de Carlos ‘Indio’ Solari que en plena dictadura afirmaba que la misión de su grupo Patricio Rey y los Redonditos de Ricota era “proteger el estado de ánimo”. El cantante repite una oración similar en la canción ‘Ya nadie va a escuchar tu remera’: “Un último secuestro no, el de tu estado de ánimo”.

“La experiencia estética era entonces utilizada como un resguardo, como un deseo de protección y resistencia y a la vez como potencia. Los afectos tristes, tal como los pensó el filósofo Spinoza, nos debilitan y nos quitan la potencia de actuar. Los afectos alegres, en cambio, nos ponen en movimiento, nos impulsan hacia la acción. Y eso no es poco, y puede ser muy político en ciertos contextos sociohistóricos. Virus es un caso muy interesante: hay que salir del agujero interior es una frase que se dirige en esta misma dirección. Federico Moura, primer vocalista del grupo, fue pionero en levantar las butacas de los teatros donde se hacían los recitales de rock, para que los jóvenes pudieran bailar y moverse en libertad. Fue muy disruptivo, en esos años donde el miedo y la parálisis permeaban las relaciones sociales, la apuesta por crear una comunidad política desde la alegría y el placer, por fuera de la tristeza o la inacción”, relata.

La investigadora asegura que ese pasaje entre el final del gobierno de facto y la llegada del Gobierno democrático de Raúl Alfonsín no marcó un final automático del miedo como forma de relación social.

“Los efectos del terror perduraron en los cuerpos mucho tiempo más allá del 10 de diciembre de 1983. Lo mismo podríamos decir de la censura y la auto-censura. Es cierto que la democracia habilitó y promovió espacios, libertades y acciones que antes no hubieran podido existir, pero también puede observarse la persistencia de prácticas autoritarias y represivas aún en democracia. Un caso que la científica destaca como paradigmático es el trabajo del fotógrafo Gianni Mestichelli junto con los actores que integraban la Compañía Argentina de Mimo, de Ángel Elizondo. Hacia finales de la dictadura Mestichelli fotografió a los actores en dos jornadas de improvisación en las que experimentaron de modo lúdico, libre y creativo con sus cuerpos desnudos. El resultado del trabajo es una excelente serie fotográfica llamada ’Mimos‘ que se expuso por primera vez en 1986 y fue censurada al poco tiempo. Recién en el año 2011 ese material estuvo expuesto en el Centro Cultural Recoleta y pudo visitarse libremente.

“La dictadura dispersó el terror dentro y fuera de los campos clandestinos de detención y toda la sociedad sufrió los efectos paralizantes del miedo y la represión durante años. Esos efectos no se terminaron en 1983, aunque es innegable que con la democracia las libertades y los derechos fueron en progresión y en este sentido se multiplicaron las experimentaciones estéticas donde el cuerpo jugó un rol central”, argumenta Lucena.

 

El libro Modo Mata Moda escrito por Daniela Lucena y la socióloga Gisela Laboureau y que fue editado por Editorial de la Universidad de La Plata (EDULP), no recibió su nombre de manera azarosa. Fue bautizado debido a una frase que arrojó el músico Daniel Melero durante la entrevista.¿Qué quiso decir Melero con Modo Mata Moda?“Me parece que con esa maravillosa frase quiso poner el acento en la posibilidad de construir un lenguaje propio y diferencial a partir de las elecciones estéticas. Si la moda tiende a uniformar, el modo es lo que te permite fugar y plantear una alternativa a ese mandato homogeneizante que sigue la mayoría. La vestimenta, el adorno o el maquillaje pueden ser instrumentos desde los cuales crear un estilo propio que hable un idioma alternativo o diferente al impuesto por el mercado de las apariencias. Elegimos titular nuestro libro con esta frase porque nos parece posible pensar desde esa idea del ’modo‘ el accionar contracultural de muchos artistas de la década del ’80. Se trata de una forma singular, distintiva y desobediente que muchos miembros de esa generación supieron encontrar para huir de la tristeza y la derrota haciendo arte con sus propios cuerpos y sus propias vidas”, responde Lucena.
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